Resulta evidente que “etiquetamos” tod@s, de uno u otro modo. ¿Qué hay detrás de las etiquetas cuando se utilizan en el sistema educativo?

“El camino del infierno está lleno de buenas intenciones y el cielo de buenas obras”

Como Padre, no me sentí nada bien cuando nuestro hijo recibió su primera “etiqueta”, con tres años, después de algo más de un mes en la Escuela. Lo que sucedió después, para nuestra sorpresa, es que esta se mantuvo al año siguiente con la misma maestra y al siguiente con una nueva, que la heredó de la anterior.

Incluso persistió al inicio del nuevo curso, ya en primero de primaria, con una maestra recién llegada al Centro. Nos la reiteró después de la reunión de Padres, sin que hubiese tenido tiempo de conocer a nuestro hijo, naturalmente era parte de la información que había recibido en el Colegio.

Molestos, pedimos una cita para hablar con ella. De manera muy inteligente, al ser preguntada acerca del tema y percibir nuestro malestar como Padres dijo: “no…”. Quizá por ese motivo, o por lo infundado de la misma, los resultados académicos del primer trimestre acabaron por borrarla; como lo hacen las olas con las palabras escritas en la arena de la playa. Tuvimos suerte, afortunadamente esa etiqueta de hace tres cursos no ha sobrevivido a la prueba evidente de las calificaciones.

Otras familias y otr@s niñ@s no son tan afortunad@s. Sus etiquetas perduran, afectando notablemente a su autoestima o a su rendimiento académico.

Dejémonos sentir un momento. Como dice Bert Hellinger, la etiqueta: ¿fortalece o debilita? ¿Qué sienten? Lo que yo percibo, es que debilita y mucho. Se convierte en una carga, que puede devenir en un pesado fardo.

Lamentablemente son muy frecuentes en nuestras aulas y en los equipos y departamentos de orientación. Es necesario aclarar que, en el ámbito de la orientación se realizan evaluaciones y que un diagnóstico no tiene por qué devenir en etiqueta.

Desde la PS podemos afirmar que, lejos de resultar apropiadas, las etiquetas sobre todo nos impiden ver a l@s alumn@s. Son una muleta, con ella nos relajamos y quedamos más tranquilos. Una vez etiquetada, introducimos a la persona o a su asunto, metafóricamente, en “un cajón”.

Uno de los pilares de nuestra mirada es la fenomenología. Y una de las frases esenciales del pensamiento Hellingeriano es: “reconocer los que es”. Cuando nos quedamos con la etiqueta, ¿dónde están las particularidades de esa niña, de ese adolescente, de esa joven? Perdemos de vista su contexto familiar, sus circunstancias, su historia y desde ese lugar nos resulta más difícil una intervención educativa exitosa.

Finalmente, resulta posible enunciar que las etiquetas en educación son un arma y (quizá dejando al margen las de diagnóstico) tienen un componente de agresión. Recientemente configuramos un caso de “etiquetas”. Configurar es representar en el espacio, a través de personas que actúan como representantes, un caso determinado o situación. Fue muy interesante apreciar, en ese asunto específico, que la etiqueta había sido una “vendetta”.

Para el Pedagogo Sistémico hay otra dimensión interesante: estas etiquetas pueden revelar la existencia de dinámicas o implicaciones familiares no conscientes. Por ejemplo: en ciertos casos de falta de atención, incluso sin llegar a los más relevantes de TDAH, pueden existir ciertas pérdidas en el sistema familiar del niño en origen. Entonces, resulta de gran ayuda realizar un trabajo terapéutico profundo desde la Psicología Sistémica.

 

 

Crédito de la imagen:  http://www.visionycoaching.com